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Lunes, 09 de mayo de 2005

Sant Jordi, rosas, libros, gente y ruido

Por fin llegó el día de Sant Jordi. Amanece soleado. Igual que ayer y probablemente, mañana. No es que oliese maravillosamente a rosas. Era difícil, a estas alturas, impregnar Barcelona de un olor que no sea el de una ciudad contaminada, pero no había más que salir a la calle para darse cuenta de que el ambiente en la ciudad había cambiado. En el Eixample, cerca de la Sagrada Familia, la fiesta no se notaba tanto. Gitanas vendían sus rosas a 4 euros y turistas despistados preguntaban de donde había salido tanta flor. Sin embargo, al acercarse uno al centro, la concentración de rosas por metro cuadrado aumentaba sospechosamente. Al llegar por fin al comienzo de Las Ramblas, uno se veía envuelto en un mar de gente, libros, flores y ruido. Mucho ruido y poca calma en un día como éste.

Un arco iris de rosas

Así le gritaba un niño a su madre en frente de un puesto, a la altura de Canaletas. Y es que no sería por colores. Rojas, blancas, amarillas, azules, verdes... Que cada uno escojiese de que color quería teñir su amor o amistad. Entre los puestos de flores empezaron a aparecer puestos mejor preparados; eran los de partidos políticos u otras organizaciones. También los había de todos los colores. En el puesto del PSC irrumpió un señor canoso y rodeado de guardaespaldas. Acaparó cámaras y miradas y al darse la vuelta, vimos que era Pasqual Maragall. No alcancé a fijarme si llevaba algún libro o flor en la mano. Los de CIU mostraban sus libros y demás productos sobre una senyera algo empolvada, aunque clientes no les faltaban. Tampoco faltó gente en el puesto de ERC, donde pasó a firmar Martxelo Otamendi, divulgando el libro sobre el Egunkaria a través de partidos políticos.
A no ser que estuviese locamente enamorado, uno no podía permanecer demasiado tiempo en las Ramblas. Buscando aire, uno se podía colar por alguna callejuela del Gótico. La fiesta era más tranquila allí, más íntima. Menos puestos. Más senyeras y esteladas en los balcones. Menos gente. Más aire.

Sant Jordi no es Barcelona. Barcelona no es Catalunya.

Así insistía Joan López, joven de Torredembarra, indignado ante la importancia que adquiere la capital en días así. Y es que en Tarragona también se celebró el día de Sant Jordi. A las cinco de la tarde la Rambla se presentaba tranquila. Todavía no había mucha gente. Se podía pasear sin aplastar una rosa y sin ser pisado. Uno se podía parar frente a los puestos a ojear un libro. Aunque no encontraría nada nuevo, aparte de la novedad. El aire del Mediterráneo se notaba más que en Barcelona. La celebración era más relajada. Menos intensa quizá; menos mediática también. Hacia las siete la Rambla comenzó a llenarse. La gente se amontonaba, se apretaba. Recordaba el centro de Barcelona, del que habíamos huido hacía unas horas. A la gente se la veía expectante. No obstante, ayer se celebraron los primeros Castells de la temporada. Me comentaron que no veríamos grandes Castells, ya que las collas todavía no estaban bien entrenadas. Pero aun y todo, las pirámides humanas fueron increíbles. Los castellers comenzaron a formar sus edificios humanos. En el suelo la gente comentaba el tipo de Castells. “Es un dos de set” comentó Albert; “no tonto, no veus que puja un altre? Es un dos de vuit”, le corrigió Guillem. Y es que esto de los Castells es un arte. Un arte y una ciencia al mismo tiempo. Fascina a los visitantes que nunca habían observado las inverosímiles torres humanas y levanta pasiones entre quienes llevan toda la vida viéndolos o formando parte de alguna colla.
Al que ve un Castell por primera vez se le puede ocurrir pensar como hacen para no caerse nunca de allí arriba; si debe existir una fórmula mágica o algo así. Pues no existe. O sino que se lo pregunten a la niña que cayó el sábado de un Castell de siete pisos. Por suerte la niña cayó sin problema encima de la piña montada por su colla. Ante la caída, quedo claro que parte del público era local y que otra parte procedía de fuera de Catalunya. Unos se estremecieron y se llevaron la mano a la cara. Otros ni se inmutaron, esbozando como máximo una sonrisa tranquila. Ellos ya sabían que no le pasaría nada a la niña.

Cuestión de manos

Pocas manos se mantuvieron desocupadas en un día como Sant Jordi. Podían estar sujetando con interés un libro. Podían pasear con orgullo una rosa regalada. También hubo manos que sufrieron, que se lo pregunten a quien se pasó los dos días anteriores empaquetando rosas. Pero también sirvieron para contestar, con humor, a los ataques de los viandantes. Así lo entendió al menos Jon Sala. Él estaba sentado en el puesto de la Euskal Etxea (Casa Vasca), con una pancarta pidiendo el acercamiento de los presos detrás suya. Un paseante mostró su disconformidad con la pancarta levantándole el dedo del medio a Jon. Ni poniéndose por encima ni por debajo del paseante, Jon le pidió que repitiese lo que había dicho. El viandante le volvió a mostrar su dedo corazón. Esta vez Jon le contestó que no, que no es un dedo el que tenía que enseñar, sino nueve. El paseante, perplejo, le preguntó qué decía y Jon le contestó que no era uno, sino nueve los diputados que habían conseguido. El paseante se dio la vuelta y siguió su camino. No hay nada como el humor ante el insulto fácil. Va por todos.

Por: Beñat Zaldua | General | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

beñat=kampeon 100%

kuhn | 30-06-2005 06:10:13

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